Aunque se ha hablado mucho sobre ellas, las OLED no tienen nada que ver con las LED, al menos no en el sentido estricto del término. Entonces, ¿por qué son casi homófonas? Pues porque usan ideas similares. Vamos a explicarlo.
Tras las siglas OLED se esconde Organic Light-Emitting Diode, o lo que es lo mismo, diodo de emisión de luz orgánico. En estas pantallas, los diodos son lo que emiten la luz y proyectan la imagen, no retroiluminan una pantalla que tienen en frente como en el caso de las LCD-LED o las LCD. Los diodos están hechos de material orgánico, por lo que pueden ser casi cualquier cosa que nos imaginemos. Todo esto otorga numerosas características dignas de tener en cuenta, tales como un mayor contraste y brillo (mucho más que los LCD-LED), grosores casi imposibles (hay pantallas OLED de tan sólo 0,05 milímetros), y su presencia en superficies como plástico, además de que pueden ser flexibles. Puesto que los diodos emiten las imágenes directamente, es lógico que también aumente la calidad y la presencia de los colores que pueden representar.

Una OLED
Brillo, contraste, colores, un tiempo de respuesta muy rápido, consumo aún menor respecto a las LCD… Desde luego, parece que todo son ventajas. Pero no es oro todo lo que reluce, y las OLED tienen sus “zonas oscuras”… El primer punto negativo es la limitada vida de los materiales OLED: al parecer, se degradan muy rápidamente, deteriorándose y mermando la calidad de imagen. Ya se está trabajando en ello, pues es un tipo de tecnología que aún tiene un largo camino por recorrer. Además de esto, parece que a los diodos orgánicos no les sientan muy bien los ambientes húmedos (ni el agua, directamente), y que el reciclaje de este tipo de pantallas parecer ser un verdadero problema. Por último, su precio es desorbitado: aunque fabricar OLED es más barato que las LCD-LED, al no tener un proceso de fabricación estandarizado ni extendido, tenemos prototipos y pantallas a unos precios de escándalo. Además, en la actualidad no existen modelos OLED de muchas pulgadas.
De hecho, el único modelo del que se tiene constancia es de Sony, el XEL-1, un televisor OLED que también se ha puesto a la venta en España. Posee un contraste de 1.000.000:1, un grosor de 3 milímetros, 11 pulgadas de diagonal, y un exorbitado precio de 5.000 euros. Es obvio: escaso tamaño, precio desmedido… Estamos ante una tecnología incipiente, y ésta no es más que una prueba de Sony para ver su acogida ante el público. Otros fabricantes, como LG, también han hecho lo propio, aunque todavía hay un largo camino por recorrer, como ya se ha dicho antes.
La crisis económica le ha hecho flaco favor a la tecnología OLED, pues muchos proyectos y fondos de investigación se han congelado, o bien se han destinado a materias de mayor rendimiento. Aún y así, OLED es el futuro, y quizá dentro de unos años sustituyan a las actuales LED o LCD, todo ello a un precio razonable, claro está.